La espiritualidad y la justicia social pueden parecer, a primera vista, dos territorios diferentes. Una suele asociarse con la búsqueda interior, la meditación, la paz, el autoconocimiento y la conexión con algo que nos trasciende. La otra nos enfrenta con la pobreza, las guerras, el hambre, la desigualdad, las decisiones políticas y las estructuras de poder. Sin embargo, quizás ambas estén mucho más relacionadas de lo que imaginamos.
Vivimos en una época llena de contradicciones. Nunca habíamos tenido tanta capacidad tecnológica para comunicarnos, producir alimentos, acceder al conocimiento y transformar nuestro entorno. Y, al mismo tiempo, millones de seres humanos continúan viviendo situaciones de pobreza extrema, desplazamiento, hambre, violencia y guerra.
Desde la comodidad de nuestra vida cotidiana podemos enterarnos, en cuestión de segundos, de que una familia perdió su casa por un bombardeo, que miles de personas abandonaron su tierra o que existen niños que no tienen garantizada una alimentación suficiente.
Después cerramos la pantalla.
Y seguimos con nuestro día.
No necesariamente porque seamos personas insensibles. Muchas veces ocurre porque la magnitud del sufrimiento resulta difícil de procesar. Otras veces porque sentimos que no podemos hacer nada. También porque la exposición permanente a las tragedias puede acostumbrarnos lentamente a ellas.
Pero hay una pregunta que merece ser formulada desde cualquier camino espiritual:
¿Qué ocurre con nuestra espiritualidad cuando dejamos de sentir el dolor del otro?
Tal vez despertar espiritualmente no consista únicamente en conocernos mejor, sanar nuestras heridas o encontrar serenidad. Quizás también implique ampliar nuestra conciencia hasta comprender que nuestra vida está profundamente relacionada con la vida de los demás.
¿Puede existir una espiritualidad indiferente al sufrimiento?
Buscar paz interior es legítimo y necesario. Una persona que aprende a reconocer sus emociones, detener sus pensamientos, cuidar su cuerpo y encontrar momentos de silencio probablemente tenga más recursos para vivir de manera consciente.
El problema aparece cuando convertimos esa búsqueda en un mundo cerrado alrededor de nosotros mismos.
Podemos meditar todos los días, practicar yoga, realizar rituales, agradecer lo que tenemos, trabajar sobre nuestras emociones y buscar equilibrio energético. Todas estas prácticas pueden enriquecer profundamente nuestra existencia.
Pero existe otra pregunta inevitable:
¿En qué clase de persona nos están convirtiendo nuestras prácticas espirituales?
Si después de años de búsqueda somos más comprensivos, generosos, pacientes y sensibles frente al sufrimiento, probablemente algo importante esté sucediendo en nuestro interior.
Pero si nuestra espiritualidad solamente nos ayuda a sentirnos bien mientras permanecemos completamente indiferentes ante quienes sufren, quizás necesitemos preguntarnos qué entendemos realmente por despertar.
La paz interior no tendría por qué alejarnos del mundo.
Podría ayudarnos a mirarlo con mayor claridad.
Espiritualidad y justicia social: comprender que vivimos con otros
Nadie construye su existencia completamente solo.
Comemos alimentos cultivados, transportados y vendidos por otras personas. Habitamos ciudades construidas por innumerables manos. Utilizamos conocimientos desarrollados durante generaciones. Dependemos de sistemas educativos, sanitarios, económicos y políticos que existían mucho antes de que llegáramos al mundo.
Incluso aquello que consideramos profundamente individual está atravesado por relaciones.
Por eso, la espiritualidad también puede llevarnos a reconocer nuestra interdependencia.
Esta idea aparece de distintas maneras en numerosas tradiciones filosóficas y espirituales. El budismo, por ejemplo, concede un lugar fundamental a la compasión y a la comprensión de que los fenómenos existen en relación unos con otros. Muchas cosmovisiones indígenas han entendido al ser humano como parte de una comunidad que incluye a otras personas, los antepasados, los animales y la naturaleza.
Desde estas miradas, la realización personal difícilmente puede separarse por completo del bienestar colectivo.
Nuestra paz importa.
Pero la paz de los demás también.
La espiritualidad no ocurre fuera de la realidad
A veces imaginamos la espiritualidad como un espacio separado del mundo político, económico y social.
Sin embargo, nuestra vida interior se desarrolla dentro de una realidad concreta.
Una persona necesita tiempo y condiciones mínimas para poder preguntarse por el sentido de su existencia. Necesita alimentarse, cierta seguridad, un lugar donde vivir. Necesita poder cuidar a sus hijos y atención cuando enferma.
Cuando esas condiciones desaparecen, la existencia puede convertirse en una lucha permanente por sobrevivir.
Por eso las decisiones económicas y políticas también tienen consecuencias humanas.
Las políticas públicas pueden influir sobre el acceso a la educación, la salud, la vivienda, los alimentos, el trabajo y la protección de las personas más vulnerables. Las decisiones de los gobiernos pueden contribuir a disminuir determinadas desigualdades o profundizarlas. Las guerras y los conflictos políticos pueden transformar completamente la vida de poblaciones enteras.
Reconocerlo no significa que todos los problemas tengan explicaciones simples ni que exista una única ideología capaz de resolverlos.
Significa aceptar algo mucho más elemental:
las decisiones humanas tienen consecuencias sobre otras vidas humanas.
Y allí comienza una pregunta espiritual.
¿Qué hacemos con esa conciencia?
Política y espiritualidad: una relación que no siempre queremos mirar
Hablar de política desde un espacio espiritual puede resultar incómodo.
Existe una razón comprensible. La política partidaria suele generar enfrentamientos, identidades rígidas y discusiones en las que parece más importante derrotar al adversario que comprender la realidad.
Pero evitar completamente la política tampoco nos vuelve neutrales frente a sus consecuencias.
Si una decisión determina quién puede acceder a medicamentos, quién recibe educación, qué familias cuentan con alimentos suficientes o qué población será enviada a una guerra, estamos hablando de cuestiones profundamente humanas.
Por eso podemos diferenciar entre convertir la espiritualidad en propaganda partidaria y reconocer la dimensión ética de las decisiones políticas.
La primera intenta decirnos a quién debemos apoyar.
La segunda nos invita a preguntarnos qué valores queremos defender.
¿Dignidad?
¿Solidaridad?
¿Libertad?
¿Justicia?
¿Compasión?
¿Responsabilidad?
Podemos discrepar acerca de cuáles son las mejores políticas para alcanzar esos objetivos. Esa discusión forma parte de cualquier sociedad plural.
Pero resulta más difícil justificar espiritualmente una postura según la cual el sufrimiento de determinadas personas simplemente no importa.
Cuando las personas se convierten en números
Hay algo extraño en nuestra relación contemporánea con el sufrimiento.
Podemos leer que miles de personas murieron en un conflicto y continuar desplazándonos por la pantalla.
Podemos conocer estadísticas sobre hambre infantil y, pocos segundos después, mirar un video de entretenimiento.
Nuestro cerebro tiene dificultades para dimensionar tragedias masivas. Los números demasiado grandes pueden perder su significado emocional.
Por eso quizá necesitemos volver deliberadamente a lo pequeño.
Miles de refugiados es una estadística.
Una madre que cierra la puerta de su casa sin saber si algún día podrá regresar es una historia humana.
Millones de personas con inseguridad alimentaria son una cifra.
Un padre que disminuye su propia comida para que alcance para sus hijos es una experiencia humana.
Cientos de niños muertos en una guerra son un dato estremecedor.
Un niño que tenía un juguete favorito, una canción que le gustaba y alguien que lo abrazaba antes de dormir era un universo entero.
La empatía comienza cuando detrás de las cifras volvemos a encontrar personas.
Empatía: ponerse en el lugar del otro sin apropiarse de su dolor
Decimos con frecuencia que empatía significa ponerse en el lugar del otro.
Pero quizá sea más preciso decir que significa intentar acercarnos a ese lugar sabiendo que nunca podremos ocuparlo completamente.
No sabemos exactamente qué siente alguien que pierde su hogar en una guerra si nunca atravesamos esa experiencia.
No conocemos completamente la angustia de una familia que no sabe si podrá alimentar a sus hijos si jamás vivimos esa situación.
No podemos apropiarnos del dolor ajeno.
Pero podemos reconocerlo.
Podemos decir:
“No conozco exactamente tu dolor, pero sé que importa”.
Esa frase aparentemente sencilla contiene una enorme transformación de conciencia.
Porque nos obliga a abandonar, aunque sea durante un instante, el centro de nuestro propio mundo.
El peligro de una espiritualidad demasiado individualista
Parte de la espiritualidad contemporánea pone un enorme énfasis en el individuo.
Tu energía.
Tu vibración.
Tu abundancia.
Tu propósito.
Tu manifestación.
Tu felicidad.
Tu paz.
Nada de esto es necesariamente negativo. El autoconocimiento y el cuidado personal son fundamentales.
Sin embargo, cuando toda la espiritualidad gira alrededor del “yo”, existe el riesgo de perder algo esencial: vivimos con otros.
Incluso algunas ideas espirituales pueden volverse dolorosas cuando se aplican indiscriminadamente a realidades sociales complejas.
¿Realmente todos creamos nuestra propia realidad?
La idea de que nuestros pensamientos influyen en la manera en que interpretamos la vida puede resultar útil. Una actitud esperanzada puede ayudarnos a atravesar dificultades, reconocer oportunidades y modificar determinadas conductas.
Pero existe una enorme distancia entre afirmar eso y sostener que cada persona crea literalmente todas las circunstancias de su existencia.
Un niño no elige nacer en medio de una guerra.
Una familia no necesariamente manifestó una hambruna.
Una persona desplazada por la violencia no creó conscientemente la destrucción de su hogar.
Hay circunstancias históricas, económicas, ambientales y políticas que exceden enormemente la voluntad individual.
Reconocerlas no elimina nuestra capacidad de transformar aquello que está a nuestro alcance.
Nos vuelve más humildes.
Gratitud no significa cerrar los ojos
La gratitud ocupa un lugar importante dentro de muchas prácticas espirituales.
Agradecer nuestra comida, nuestra casa, nuestros afectos y las pequeñas cosas cotidianas puede transformar nuestra manera de experimentar la vida.
Pero existe una forma todavía más profunda de gratitud.
Agradecer lo que tenemos sin olvidar a quienes no lo tienen.
Podemos sentarnos frente a un plato de comida y agradecerlo sinceramente. Pero ese agradecimiento no debería llevarnos a pensar que quienes no tienen alimentos simplemente necesitan aprender a manifestar abundancia.
Quizá pueda producir el efecto contrario.
“Qué afortunado soy de tener esto. Ojalá todos pudieran tenerlo”.
Cuando la gratitud abre el corazón hacia los demás, deja de ser únicamente una práctica personal y comienza a convertirse en conciencia.
El privilegio no tiene por qué convertirse en culpa
Hablar de desigualdad también puede generar culpa.
Si tenemos una casa, comida, agua, seguridad o acceso a educación, podemos sentirnos incómodos al pensar que otras personas carecen de ello.
Pero la culpa por sí sola difícilmente transforma el mundo.
No necesitamos sentirnos culpables cada vez que disfrutamos de algo.
Podemos disfrutar una comida.
Podemos viajar.
Comprar algo que deseamos.
Celebrar.
Podemos ser felices.
La conciencia social no exige vivir avergonzados de nuestro bienestar.
Lo que puede pedirnos es algo diferente: no confundir nuestra experiencia particular con una regla universal.
Que algo haya sido posible para nosotros no significa que todas las personas hayan tenido las mismas oportunidades.
Reconocerlo es una forma de humildad.
Cuando el sufrimiento ocurre lejos
Existe otra dificultad profundamente humana: solemos sentir con mayor intensidad aquello que ocurre cerca.
Una tragedia en nuestra ciudad puede conmovernos profundamente mientras una tragedia ocurrida a miles de kilómetros se transforma rápidamente en una noticia más.
En parte es inevitable.
No podemos experimentar emocionalmente cada sufrimiento del planeta con la misma intensidad. Si lo hiciéramos, probablemente quedaríamos paralizados.
Pero existe una diferencia entre proteger nuestra salud emocional y volvernos indiferentes.
Podemos aprender a decir:
“No puedo cargar con todo el dolor del mundo, pero tampoco quiero vivir como si ese dolor no existiera”.
Esa posición intermedia puede ser una forma madura de compasión.
La indiferencia también se aprende
Nadie se despierta una mañana y decide dejar de sentir.
La indiferencia suele aparecer lentamente.
Primero una imagen nos conmueve.
Después vemos diez imágenes similares.
Después cien.
Finalmente pasamos frente a ellas casi sin detenernos.
Las guerras se transforman en mapas.
Los muertos se convierten en cifras.
Las personas desplazadas se convierten en porcentajes.
La pobreza se transforma en una categoría económica.
Por eso conservar nuestra sensibilidad requiere cierto esfuerzo consciente.
No para vivir permanentemente angustiados.
Sino para recordar que detrás de cada concepto abstracto existen seres humanos.
Compasión no significa lástima
La lástima observa desde arriba.
La compasión intenta mirar a los ojos.
Cuando sentimos lástima podemos pensar: “Pobre persona”.
Cuando sentimos compasión aparece otra comprensión: “Eso podría haberme sucedido a mí”.
La frontera entre nuestras vidas es mucho más frágil de lo que solemos imaginar.
Nadie elige el país donde nace.
Nadie elige inicialmente su familia.
Nadie elige la situación económica en la que llega al mundo.
Nadie elige si su infancia ocurrirá durante una época de paz o en medio de un conflicto.
Comprender el enorme papel que juega el azar de nuestro nacimiento puede hacernos menos arrogantes y más compasivos.
Las enseñanzas espirituales y el cuidado del otro
La preocupación por el sufrimiento ajeno no es una incorporación moderna a la espiritualidad.
Aparece en tradiciones muy diferentes.
En el budismo, la compasión hacia los seres sintientes constituye una dimensión central del camino.
En el cristianismo encontramos enseñanzas profundamente vinculadas con alimentar al hambriento, acompañar al enfermo y reconocer dignidad en quienes son rechazados.
En numerosas cosmovisiones indígenas, la comunidad ocupa un lugar que desafía nuestra concepción excesivamente individualista de la existencia.
Las tradiciones difieren en sus creencias, rituales y concepciones del mundo.
Pero muchas coinciden en algo fundamental:
el crecimiento interior tiene consecuencias sobre nuestra manera de relacionarnos con los demás.
Espiritualidad y justicia social: de la conciencia a las pequeñas acciones
Cuando contemplamos problemas enormes podemos sentir impotencia.
¿Qué puede hacer una sola persona frente a una guerra?
¿Qué podemos hacer frente al hambre mundial?
¿Qué podemos hacer frente a estructuras económicas gigantescas?
Es comprensible sentir que nuestra acción es insignificante.
Pero quizá la espiritualidad no nos pida resolver personalmente todos los problemas del planeta.
Puede pedirnos simplemente no ser indiferentes.
Informarnos antes de juzgar.
Escuchar antes de hablar.
No deshumanizar a quienes piensan diferente.
Ayudar cuando podemos.
Compartir cuando tenemos.
Participar responsablemente en nuestra comunidad.
Elegir representantes reflexionando sobre las consecuencias humanas de sus propuestas.
Apoyar organizaciones confiables cuando esté a nuestro alcance.
Educar a nuestros hijos en la empatía.
Preguntarnos de dónde provienen las cosas que consumimos.
Defender la dignidad de alguien cuando es humillado.
Ninguna de estas acciones resolverá por sí sola la desigualdad mundial.
Pero todas construyen la clase de sociedad en la que vivimos.
También debemos cuidar nuestra manera de mirar al adversario
Existe una paradoja que merece atención.
Podemos comenzar defendiendo la empatía y terminar odiando a quienes consideramos responsables de la injusticia.
Entonces aparece una pregunta difícil:
¿podemos luchar contra la deshumanización sin deshumanizar nosotros también?
Criticar decisiones políticas, estructuras económicas, gobiernos, empresas o personas con enorme poder forma parte de una sociedad libre.
Pero convertir a cualquier grupo humano completo en seres esencialmente malvados puede llevarnos al mismo mecanismo que pretendemos combatir.
La espiritualidad puede ofrecernos aquí una exigencia incómoda: defender nuestras convicciones con firmeza sin perder nuestra humanidad.
Comprender no significa justificar.
Tener compasión no significa permitir abusos.
Buscar paz no significa permanecer callados.
Podemos poner límites y denunciar aquello que consideramos injusto sin cultivar deliberadamente el odio.
La paz interior no es permanecer en silencio ante todo
A veces confundimos paz con ausencia de conflicto.
Pero hay silencios que no nacen de la paz.
Nacen del miedo.
De la comodidad.
De la indiferencia.
O de la idea de que mientras algo no nos afecte directamente, no es nuestro problema.
Una persona espiritualmente consciente no necesita vivir permanentemente enfrentada con el mundo.
Pero tampoco necesita permanecer neutral frente a todo.
Hay momentos en los que defender a alguien, denunciar una injusticia o expresar una posición puede alterar nuestra tranquilidad.
Y quizás esa incomodidad también forme parte del crecimiento espiritual.
La serenidad verdadera no consiste necesariamente en evitar aquello que nos perturba.
Puede consistir en aprender a actuar sin permitir que el odio gobierne nuestro interior.
No podemos salvar el mundo, pero podemos dejar de ser indiferentes
Hay una frase implícita que muchas personas sienten cuando contemplan el sufrimiento global:
“Yo no puedo hacer nada”.
Y en parte es verdad.
Ninguno de nosotros puede detener individualmente todas las guerras, eliminar el hambre o corregir todas las injusticias.
Aceptar nuestros límites es saludable.
Pero entre salvar el mundo y no hacer absolutamente nada existe un territorio enorme.
Podemos transformar la manera en que tratamos a las personas.
Podemos decidir qué valores apoyamos.
Podemos participar.
Podemos enseñar.
Podemos compartir.
Podemos votar.
Podemos ayudar.
Podemos escuchar.
Y, sobre todo, podemos negarnos a aceptar que el sufrimiento de determinados seres humanos vale menos que el de otros.
Una espiritualidad que también mira hacia afuera
Quizá durante mucho tiempo hayamos imaginado el camino espiritual como un viaje exclusivamente hacia nuestro interior.
Cerrar los ojos.
Respirar.
Observar nuestros pensamientos.
Reconocer nuestras heridas.
Encontrar nuestro centro.
Todo eso sigue siendo necesario.
Pero después de cerrar los ojos durante la meditación llega inevitablemente un momento en que debemos volver a abrirlos.
Y el mundo continúa allí.
Con su belleza extraordinaria y sus contradicciones.
Con personas que celebran y personas que lloran.
Con abundancia y hambre.
Con solidaridad y egoísmo.
Con paz y guerra.
Con justicia e injusticia.
Tal vez el verdadero desafío sea llevar al mundo aquello que encontramos durante nuestro silencio.
Si encontramos paz, convertirla en una manera más pacífica de relacionarnos.
Si encontramos gratitud, convertirla en generosidad.
Si encontramos amor, permitir que se extienda más allá de nuestro círculo inmediato.
Si comprendemos nuestro propio dolor, utilizar esa comprensión para reconocer el dolor ajeno.
Entonces la espiritualidad deja de ser solamente una experiencia interior.
Se convierte en una forma de estar en el mundo.
¿En qué clase de personas nos convierte nuestra espiritualidad?
Quizás esta sea la pregunta más importante de todas.
No cuántas horas meditamos.
No cuántos libros espirituales leímos.
No cuántos rituales conocemos.
No cuánto sabemos sobre energías, chakras, manifestación o filosofías ancestrales.
Sino algo mucho más sencillo:
¿Somos más humanos después de recorrer nuestro camino espiritual?
¿Juzgamos un poco menos?
¿Escuchamos un poco más?
¿Podemos reconocer nuestros privilegios sin culpa y utilizarlos con responsabilidad?
¿Nos conmueve todavía el sufrimiento de alguien que vive lejos?
¿Somos capaces de defender nuestras convicciones sin negar la humanidad de quien piensa diferente?
¿Podemos agradecer lo que tenemos y, al mismo tiempo, desear sinceramente que otros también puedan tener una vida digna?
Quizás despertar no sea escapar del mundo.
Quizás sea verlo con mayor claridad.
Comprender que la persona que sufre del otro lado de una frontera, de otra religión, de otra cultura o de otra posición política continúa siendo, antes que cualquier otra cosa, un ser humano.
Y quizá allí se encuentren finalmente la espiritualidad y la justicia social.
En la comprensión de que nuestra paz no necesita construirse ignorando el dolor de los demás.
Podemos buscar nuestro equilibrio.
Podemos cuidar nuestra energía.
Podemos sanar.
Podemos agradecer.
Podemos encontrar momentos de silencio y felicidad.
Pero también podemos mantener los ojos abiertos.
Porque tal vez una espiritualidad verdaderamente profunda no sea aquella que nos aleja del sufrimiento del mundo, sino aquella que nos permite contemplarlo sin perder la esperanza, actuar sin alimentar el odio y recordar, incluso en tiempos de profundas divisiones, que ninguna vida humana debería resultarnos indiferente.
¿Qué opinas de esta reflexión? Te leemos en comentarios. ¡Hasta la próxima!
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